En la zona de Mordvinia había diecinueve campos de trabajos forzados, entre los cuales estaba el campo número 1, con capacidad para 600 prisioneros. Cientos de nuestros hermanos pasaron por él entre 1959 y 1966; de hecho, en cierto momento hubo más de cuatrocientos cincuenta. Este campo en particular estaba completamente rodeado por una cerca de alambre de púas electrificada de casi 3 metros [10 pies] de altura, seguida de otras trece sin electrificar. La tierra que rodeaba el campo estaba siempre arada para que se marcaran las huellas de cualquiera que intentara escapar.
Al mantener a los Testigos en total aislamiento del mundo exterior, las autoridades pretendían doblegarlos física y psicológicamente. No obstante, los hermanos lograron organizar su actividad teocrática dentro del lugar.
El mismo campo se convirtió en un circuito con su propio superintendente viajante. Había cuatro congregaciones, compuestas por un total de veintiocho grupos de estudio de libro. Para que todos se mantuvieran fuertes espiritualmente, los hermanos celebraban siete reuniones a la semana. Al principio lo único que tenían era una Biblia, así que hicieron un horario para leerla por congregación. Pero tan pronto pudieron, se pusieron a copiarla a mano. Pusieron los distintos libros de la Biblia en cuadernos separados, mientras que el original se mantuvo oculto en un lugar seguro. Así se podía seguir el programa de lectura bíblica. También tenían organizado el Estudio de La Atalaya. Cuando las hermanas visitaban a sus esposos, introducían ejemplares en miniatura de las revistas, escondiendo las delgadas páginas en la boca, en los tacones de los zapatos o en el cabello, entre sus trenzas. Muchos hermanos terminaron cumpliendo castigos de uno a quince días en celdas de aislamiento por haber copiado las publicaciones.
Las celdas de aislamiento se hallaban en un sitio apartado, alejado del resto de los prisioneros. Y aunque los guardias hacían hasta lo imposible para que los hermanos no llevaran consigo material de lectura, los otros hermanos inventaban la forma de suministrarles alimento espiritual. Por ejemplo, un hermano se subía al techo de alguna construcción que diera al patio donde salían a caminar los confinados. Ya llevaba listas unas hojas pequeñas con textos bíblicos y las hacía bolitas de un centímetro [media pulgada] de diámetro. Metía la bolita de papel en el extremo de un tubo largo, apuntaba en dirección al Testigo que estaba en el patio y soplaba con fuerza. El Testigo se agachaba como para atarse los cordones de los zapatos y recogía su alimento espiritual sin que otros se dieran cuenta.
Para el desayuno y la cena, los prisioneros recibían una avena cocida con mucha agua y un poco de aceite de semilla de algodón. A mediodía les daban una sopa aguada de remolacha o de cualquier otra cosa y un plato principal sencillo. El pan que comían parecía cuero para hacer botas. Ivan Mikitkov recuerda: “Estuve siete años en ese campo, y casi siempre nos dolía muchísimo el estómago”.
Pero los hermanos se mantuvieron firmes en la fe. El aislamiento no logró que los siervos leales de Dios perdieran el equilibrio: siguieron demostrando su fe y su amor a Dios y al prójimo (Mat. 22:37-39).
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