Señor, Supremo Juez:
Con profundo respeto a ti, presento esta demanda cuyo fundamento es la ley del amor; y te pido decidas prontamente, porque sufro perjuicio permanente en mi predio interior.
Una tarde llegó con sentimiento, a pedirme le diera alojamiento dentro del corazón, una mujer de singular belleza, pero abatida por letal tristeza y cruel desilusión. Yo, que mi predio yermo lo tenía, abrí sus puertas lleno de alegría y la instalé muy bien, le di el rosal de mi ilusión querida y hasta el rebaño rubio de mi vida se lo entregué también.
La primavera se inició esplendente y en los jardines de mi amor ardiente brotó la blanca flor. Mi amada entonces la cuidó amorosa y en el capullo de la tierna rosa vertió todo su amor.
Mas vino invierno con su lluvia fría y aquel rosal de la esperanza mía cubrió con su crespón. Mi amada entonces se alejó indolente, llevándose orgullosa y displicente mi hermosa flor sobre su corazón.
No pido que decretes su condena; dale el perdón que diste a Magdalena, pues no quiero su mal. Te pido sí que la justicia tuya le imponga por deber que restituya la flor de mi rosal; mas si se niega, en subsidio yo te pido, despójala Señor con el olvido, despójala Señor, de mi predio interior. (Extractado de los recuerdos de mi abuelo Luis Carrasquilla)
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